Anónimo III

23.47 y las volutas de los humeantes vecinos se mezclan en tu pelo castaño, que pende de tu cabeza en forma de flor, o quizá es la luz verdeazulada que golpea nuestros contornos la que confunde las líneas de tu cabello. Te acercaste a mi hace unos segundos, y entre risas paseo mi silencio por entre tus ojos que observan la oscuridad de un vaso vacío, o tal vez la vastedad de las risas de la mesa de al lado. Mi mano derecha apretaba fuertemente tus temblorosos dedos, mientras la izquierda perdía la compostura al rozar de forma cada vez menos casual tu piel expectante, pero demoro el contacto solo por el placer de hacerte perder la cabeza y la compostura, de hacer desaparecer de a poco los límites que entre tu orilla y la mía existían. El meñique se detiene en el aire, hace una mueca y convence al anular que se mantengan extasiados de la distancia, mientras el índice se acerca dubitativamente sin darse cuenta que en su indecisión permite que el medio roce como sin querer tu hombro, una vez, una eternidad, un segundo que provoca un vendaval de indoloros cataclismos que remecen mi interior, obligándome a suspirar, aunque sin sospechar que se mezclaría, por entre el humo y entre las risas, con tu propia respiración agitada. Te observo por entre los segundos y te envuelvo con pentagramas disarmónicos, tocando blancas y corcheas con mi mano ya llena de tu piel, imaginando acordes entre tus ojos cerrados, tañendo cada suspiro que exhalas y trastocando cada vibración de tus labios entreabiertos, y en ese instante me fluyo y me olvido en los giros de tus manos, abrazo tu cuerpo con lo que queda de mi valor y te gano la partida, entrometiéndome en tu esquema y rozando con mis labios, por fin, la vastedad de tu ser.

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Pasaste a llevar el silencio

Pasaste a llevar el silencio.
Dormida, sentí tu respirar
Resquebrajar los momentos.
Mírate y no te justifiques
Y vuelve acariciar el tiempo.

Pasaste a llevar el silencio
Y con él la pena y el temor.
Pasaste y solo pasaste
Dejando una brisa brillante
Y un espacio oscuro de sol.

Te quedas con mi memoria,
Insinuando en suspiros
La cruel intención.
Pasaste a llevar el silencio
Y me quedo pasmado en tu voz.

Anónimo II

Quieres moverte, pero la curiosidad no te deja tranquilo. Escuchaste la sirena y partiste, sin decirle a nadie, a ver que sucedía. Le preguntaste si quería ir pero no esperaste respuesta, no esperaste un segundo, ni siquiera viste si te seguía o no, solo avanzaste hacia las sirenas ¿de Carabineros? ¿una ambulancia? ¿o serían los bomberos? Aún no has aprendido a diferenciar los cambios de ritmo, de nota y de velocidad de cada una, pero sabes que es una tarea pendiente de esas que es bueno postergar. Cruzaste Salvador con rojo, dos autos bruscamente detuvieron su andar para no matarte, y tú solo sonreíste y subiste tus hombros como si fuera suficiente. Seguía atrás tuyo, aún sabiendo que nunca ibas a mirar hacia atrás, te seguía las pisadas, las irresponsabilidades, las travesuras desde siempre, desde cuando no tenías memoria. Le quitaban juntos los chupetes a tus compañeros en el jardín, y ahora lo seguían haciendo con las novias de quien se cruzara en la fiesta, los dos a la par, o casi, ya que siempre ibas dos pasos adelante. Ahora eran alrededor de diez (los alcanzó a contar llegando a las torres de Tajamar). El humo se alzaba parco y silencioso, como disfrutando su visión privilegiada, su mirada de testigo principal. Protagonista mudo, eso era. Tú siempre viviste gritando, pataleando, alardeando, a diferencia de la introversión de quien te sigue los pasos. No sabría responderte qué es mejor. Pero ya te acercas, miras a tu alrededor y recién en este punto te percatas de todo, del accidente, de que si te vienen acompañando, de que la gente casi no se sorprende de un camión ahumado pero si de lo lamentable que es perder un plasma de 42 pulgadas en un suceso de este tipo. Se sientan juntos en el pasto, viendo las última volutas de humo escapar del escarnio acuoso del que fueron víctimas, viendo el tinte gótico de aquel camión que le da un aire de nostalgia, de recuerdo, como si el paso del tiempo lo hubiese dejado en ese estado en plena Avenida Providencia y no una falla mecánica de hace 15 minutos. A veces el tiempo es el culpable, pero muchas más son tus fallas, tu distancia, tu querer mostrarte siempre más grande, tus deseos de ser siempre el primero sin saber qué. Ya lo sabía. Un camión incendiándose, ya lo sabía, pero no quiso bajar hasta que tú salieras. No puedo imaginar si tu harías lo mismo. Creo que no.

Atrevimiento

A ratos te habito

y por hábito el frío

fielmente me coarta

hacia el infinito.

Un rato te grito,

un momento y me visto,

repaso tu aroma y

a ratos no existo.

 

Voy a aprender a mirarte, mi negra,

a nadar en tus labios, bucear tus caderas,

Habitar tus palabras

Y refugiar tus suspiros violetas.

Dibujar en tu lengua

Bocetos de historias de fuego y estrellas.

Aprenderé a besarte

Cuando te decidas por fin a mirarme.

 

Llévame dónde no nos encuentres

para que la luz refresque y te escapes lentamente

y yo pueda seguir tu mirada y perderme,

arrancarme del sueño y volverme presente.

¿No crees que es mejor hablarlo de frente?

 

Me gusta pisar las hojas secas (a dos años)

The trapeze swinger – Iron and Wine

Me gusta pisar las hojas secas. Escuchar su quejido rasposo antes de su último suspiro es un placer que en pocas cosas encuentro, porque además es un juego, me divierto y me dibujo una sonrisa de sinceridad cada vez que lo hago. En parte es por esto que me gusta el otoño y sus tonos cálidos y el filtro sepia que le da a los lugares por donde me gusta andar, perdiéndome en los revoltijos de mi cabeza, enredándome en las calles de una u otra ciudad. Antes, recuerdo, lo hacía de tu mano, caminando por la ladera del San Carlos, serpenteando Tobalaba, jugando a asesinar restos de plátanos orientales (un poco como revancha a sus explosiones de primavera). También he empezado a encontrarle un dulce sabor a la independencia de la soledad, y hacer y deshacer a mi antojo, pero reconozco que no soy el mejor prototipo de “hombre-soltero-viviendo-solo”: mi casa no es un desastre, combinan los colores, casi nunca se me junta loza, hago aseo profundo del baño una vez a la semana y la cama la estiro todos los días, barro día por medio y cada cosa tiene y mantiene su lugar. A veces estas acciones son inconscientes, pero cuando las hago presentes veo lo que me dejaste, y te trasciendo en mi cotidianidad. También continúo ejecutando esos pequeños rituales que teníamos: echarnos al suelo, apagar la luz (no en ese orden, claro está) y perdernos en la música que nos gusta, o el cocinar con dedicación y tiempo, o el cerrar todas las puertas de la casa, y algunos días se me cruza por la cabeza la idea de invitarte a comer a mi hogar, de mostrarte una canción que se te gustará o de abrazar la alfombra entre acordes como hace varios años. Me gusta mirar la muerte como un capítulo más de nuestra historia. Creo que nunca le asocié un significado trágico, pero tu experiencia, la mía y el mundo donde se cruzan hicieron que en mi cabeza germinara la convicción de que no es un final, y que es solo una pequeña parte la que acaba en esa acción que raya en lo poético. Tú sigues conmigo, y lo digo con seguridad. No está tu cuerpo, maltratado por quizá qué fuerzas, pero si están tus palabras, tus fotografías y un montón de cosas que sirven para recordarte… pero además te haces presente en el día a día, como si suspiros de ángel inundaran un segundo, una acción o una decisión, reinventando quizá a propósito tu forma de trascender y permanecer. He repasado los últimos versos de la canción que viviste, he releído viejos cuentos de juegos por Peñalolén, de paseos a la playa, de juegos y comidas en la cama, de cortes de pelo y hospitales, de asados, amigos y canciones, de llantos y problemas, de crisis y de lucha, y de todo lo que aprendí estando contigo, y me llena de orgullo ser tu hijo y querer hacer las cosas como tú. Si, un par de veces he llorado, no porque tu ausencia me dé pena, pero tengo derecho a echarte de menos de vez en cuando. Pero alégrate, estoy bien y creciendo, dando pasos hacia mi sinfonía, haciendo de nuestras vivencias parte de mi banda sonora… eso sí, te pido que me recuerdes sonriente, silencioso, cauto y desordenado, que si caigo no te preocupes, porque me sabré levantar, que si lloro o me equivoco no corras a abrazarme, porque tengo personas en quienes tomar aliento, que si sufro acompañes a quienes me importan, y que cuando cosas espectaculares me sucedan te llenes de júbilo tanto como yo me alegraré. Me gusta pisar las hojas secas porque pienso que cada crujido sopla a la brisa las palabras que no te podré decir, y que las lleva hasta donde estás, lejos del mundo, descansando feliz.

Anónimo I

Llevaba una blusa floreada de esas que vuelven primavera los viajes por la ciudad, sea cual sea la estación. En efecto, eso era lo que buscaba, pero, sin saberlo, otros buscaban más abajo las raíces de aquellas petunias de fuerte lila. Caminaba como si no quisiera percatarse de lo que pasaba a su alrededor, pero atenta al viejo de lentes que la miraba tras El Mercurio, a los niños que no paraban de correr alrededor de su desesperado padre, o quizá era su tío, no puedo saberlo, y a la pareja de chicas que se besaban en secreto al lado del kiosco, haciendo del espacio entre el colgante de periódicos y la plancha metálica su intimidad. Cuando la vi pasar iba pensando en cualquier cosa, comportamiento recurrente en esta parte de mi vida, y fijo en mis pensamientos no noté su andar, ni su mirada que cambia en fracciones de segundo su foco, mirando la calle, mirando a la gente, mirando el cielo, mirando a los ángeles, mirando a los muertos, mirando la sangre, mirando su propio reflejo en el ventanal de la librería y volviendo su vista a la calle. Sólo me percaté de su presencia cuando un olor a flores avanzó tras de ella queriendo volver a las flores de las cuales se había desprendido dos cuadras atrás. En ese instante me di vuelta siguiendo la forma de ese olor, pero lo que vi fue simplemente a ella, detenida frente al hombrecillo rojo que la observa desde las alturas por si osa poner un pie en el pavimento. Me giré para seguir mi camino otoñero de hojas secas y crujientes, cuya destrucción provoca innumerables momentos de satisfacción cual Atila acabando con sus enemigos, y en el camino la vi sonreír, no recuerdo por qué razón, o si verdaderamente me sonreía a mi, pero la veo frente a mi, entre flores blancuchas e hipóxicas, con sus ojos traviesos y sus labios que exudan traición, sonriendo. Me detengo, le sonrío, y mi cabeza vuelve a desvariar como es recurrente en este tiempo.

La necesidad de estar solo

No es que quiera sonar depresivo. Todo lo contrario… Es un deseo ineludible de reencontrarse con un día de invierno que cale ideas, enfríe miradas y hasta moje un poco el seco corazón. No es que quiera sonar depresivo, pero desprovisto de conversaciones y miradas es más fácil andar, rodar y caer, y un poco más difícil levantarse, pero jamás imposible.

La idea es empezar a silenciarse y hacerse imperceptible, que los amplificadores de nuestro cerebro bajen su volumen al mínimo para que poder pasar desapercibidos, y empezar a andar así, pensar así, sentarse en un parque, oler el pasto recién cortado, la tierra mojada después de un día de lluvia, escuchar tus canciones favoritas o descubrir otras

y cantar

y bailar

y reír de la nada con un recuerdo

y abalanzarse a la soledad como una buena compañera, quitarle el manto de prejuicios que la cubre, tomar su mano y recorrerse en penumbras, encontrar lo escondido en cada recodo del alma, esas fantasías, recuerdos, culpas que no solemos ver por el solo hecho de estar preocupados de un resto que exige atención, e incluso dejar fluir la creatividad y lanzarse a crear cuentosnovelashistoriaspoemasmundosamoresdesamoresfantasíaspersonajes armoníascancionescadenciasritmos de forma espasmódica o pausada.

La necesidad de estar solo es eso, una petición desesperada del alma para descansar, o no.

Húmeda

Desvisto tu alma.
Preparo los dedos para remplazar las lacónicas
Palabras por cadencias fracturadas
Y epítetos mudos.
Borbotones de calor
Se arrancan de mi boquiabierto
Deseo de envolverte.
Sube la risa,
Sube la saliva
Y el rito quejumbroso desvanece
Las Pléyades.
Grita el tiempo,
Cruje el galopante mar
Y las hojas continúan secándose
Sobre el pasto,
Manchando de quietud,
Invitándonos a besar la calma.
Pateo las mil imágenes que se agolpan
Desaparece
Desaparezco
Y lo onírico se hace latente
Creciendo en velocidad
Dos, tres veces
Persigo horrores vacilantes
Que cual sueño se transforman en espera.
Suena la puerta
Y despierta
Miras tu ventana,
Anudando tonterías,
Volviéndolas presente y en tus notas ahora se inscribe una nueva fantasía. Corres a la ducha a rememorar el sueño, vibrando con el agua que precipita la temperatura entre tus dedos. Suspiras, tomas vuelo y vuelves con el anhelo casi aberrante de que tu alma regrese a aquel lugar, a aquel juego, a no despertar.

Divagaciones (I)

Hago de trazos relámpagos.
Invoco luciérnagas,
Destrabo embelesados
Momentos que no me dejan avanzar.
Con brazos de viento y una
Especie de contento latir
Puedo destruir
Tus monumentos.
Me alejo del horizonte,
(No me gusta la multitud)
Hacia dentro me dirijo
Cual espantapájaros
Puesto en medio del plantío.
Me enloquecen las ideas,
Reales son mis locuras.
Cubierto voy de descansos,
De demonios y ternuras.
La ortiga se fataliza
Y se arranca de mi veneno:
Tres cuartas partes de tu risa
Y unos cuántos condimentos.
Quiero un mundo feliz
Sin brillantes ni especiales,
Pero más quiero la luna en los ventanales.
Mar y viento arden en el martirio
de la contemplación
¡Bendito sea el que observa
Sin mirar ni una cuestión!

Pez

Contemplándome a baja mar

con la luna a tus pies

iluminando las olas

a solas regreso

atrapando las horas

de ayer…

Y de un sorbo de salobre aire

viajo a cualquier parte

mientras te soñé

atravesando dolientes

espacios ardientes

quemándose bajo tu piel

Tratar de equilibrar mi necesidad

de saltar de un peñasco y no regresar

con las ganas de nadar en círculos

como esperando algún día volar

me hace cantar

da da da

Excusas van evaporándose

pisando la arena que va agrietándose

al levantarme y ver

que grito con toda mi alma

dejen que la tierra respire con calma

su pálido amanecer

tratar de equilibrar lo que me das

con las ganas que tengo permanentemente

de entrar en tu verde mar

queriendo ahogarme en tu claridad

me hace cantar

da da da