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Canción de cuna para un niño liberado

Ya los hombros no te pesan
y las lágrimas se mezclan
con el agua tan carmín,
cierra los ojos y sueña,
sueña el mundo para ti.
Tu cuerpo ya no contesta
pero ya no hay que seguir.
Las olas tu frente besan.
Cierra los ojos y sueña,
sueña el mundo para ti.
Abierto tu cielo piensa
en las risas que no oí,
en los pasos que no diste,
los sueños que olvidaste,
el juego que no fue.
Cierra los ojos y sueña,
sueña el mundo para ti.
Jugaste a ser delfín
y la mar te sonrío,
el sol quitó tu peso,
cierra los ojos y sueña,
sueña el mundo para ti.
Ve y corre, brinca y salta,
ya no hay nada que temer.
Grita y llora, aunque no haga falta,
cierra los ojos y sueña,
sueña el mundo para ti.
Hoy las olas te acarician
te liberan de sufrir
y abres los ojos y sueñas
sueñas el mundo que debió ser para ti.

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Amanecer

Oigo un suspiro lejano
Que vuelve a encender
Trozos de papel
Intentando caer y creer y coser
Los retazos de un amanecer

Trazo arreboles moteados
con lápiz labial
me atrevo a cambiar
los inútiles trajes de la soledad
por papel celofán
que filtra mi mirar
con azules y rojos y verdes
y un sepia de aspecto otoñal

Y la luz envuelve la ciudad
y tus pasos, mis pasos se suman al de los demás
Dejamos los autos atrás
Alzamos los puños luchando por la humanidad

Pinto carteles a mano
en el humo del café
enredándose en él
mientras abro los ojos y vuelvo a ver
los retazos de un amanecer

Montañas y troncos

Me he visto enfrentando a lo peor de la gente.
En un safari que no elegí
me encontré con hombres montaña, mujeres tronco,
con silencios y espacios en blanco.
Continué esta expedición
con miedo en los tobillos,
pero con un aire incandescente brotando de mis ojos
como brota el sol de septiembre por entre las nubes,
como brotan las plumas del ave saliendo de su cascarón.
Tomé como espada mi propia cruz
y mi escudo una suave cabellera que reluce ante las dudas,
que me cubre de las balas
y de los lamentos,
de las iras,
de los tropiezos
y me embarqué en mis propios zapatos para avanzar,
sin saber dónde terminaría.
Me encontré con hombres montaña inamovibles;
me encontré con mujeres tronco de raíces profundas,
con sus piedras frías de nieve,
con sus hojas secas de invierno
y con mi cruz me hice paso
asiendo mis propias batallas como arma
con el filo por delante.
Ahora toco el asfalto con la certeza de no haber llegado al final,
acaricio mi escudo con suaves movimientos
y preparo la marcha.
Quisiera que las montañas se derrumbasen y dejaran ver los verdes prados que esconden;
anhelo que los troncos :vuelvan a ser árboles que se nutran de aguas vivas y pinten el paisaje.
Espero siempre lo bueno
una sonrisa
una mirada
o cualquier cosa que no me haga perder la esperanza en la gente
ya que, si bien he visto lo peor de ellas,
se que existe una llanura, una arboleda dentro de todos.

Anónimo V

…and in that moment, I swear, we are infinite

Hace un tiempo que tengo atascadas unas ideas. Me siento tranquilo sobre el musgo, amarro las manos al tronco de un árbol y comienzo a imaginar paseos por las frescas arboledas de la montaña, tan verdes y altivas, tan quietas, tan vivas. Miro alrededor de vez en cuando para asegurarme de que la soledad se mantiene intacta, y sigo en mis delirios matutinos cuando suena el despertador y no puedo pensar si no en tu rostro, sonreír y lanzarme cama abajo para comenzar con la rutina tan conocida: que el café, que la leche, que quizá hoy como cereales, que el computador, que camisa lisa o a cuadros, y cuándo todo está en su lugar, cuando ya las imágenes en mi cabeza comienzan a disminuir su velocidad, me levanto, sacudo la tierra de mis ropajes, mantengo ese rostro en mis ojos por un pequeño instante y retomo la caminata. Resonará por todo el valle el grito de mi hermano si no llego con una buena carga de murta, unas cuántas manzanas y por lo menos un par de liebres, y recuerdo que dejé una trampa sin revisar, por lo que camino directo al baño, abro la ducha y el agua se lleva el cansancio matinal por las cañerías.

No recuerdo cuando fue la primera vez que vi tu rostro. Simplemente pasaste frente a mi como cualquier persona, simplemente eras parte de ese fondo enigmático y multicolor, mezclando tus líneas suaves con el tosco andar del mundo, tejiendo tu suave cabello redes con el de los demás, moviéndote al compás de la gravedad, pero un día tu figura se hizo nítida y te convertiste en la parte central del nuevo lienzo que comencé a pintar. Más seguro estoy de haberte soñado, porque no te pareces a nadie que haya visto, porque tu piel encandila como ninguna otra de por acá. Te soñé una noche de luna llena bajo el aromo más frondoso, mientras escapaba de las tribulaciones de mis hermanos para recuperar lo que los hombres blancos nos habían quitado semanas atrás.

Temo no encontrarte en el metro, pero me da mayor terror el verte y no saber como reaccionar. Me pasa siempre; voy, vuelvo, saludo a un par de personas y llego, pero contigo me pasa que inconscientemente arreglo mis cabellos cuando te veo -siempre – parada en el umbral de la ventana del otro vagón, sonriente, única, y me largo en un viaje de historias psicodélicas que han provocado que nunca preste atención acerca de cuál es la estación dónde te bajas o donde vuelves a subir a mi mente, y trazo con el dedo figuras azarosas sobre el marrón amargo de la tierra alrededor de mis resecos pies de caminante. De pronto el cielo se estremece y la humareda comienza a elevarse por entre los árboles del valle, y sin dudarlo corro, porque jamás he llegado tarde al trabajo. Tomo micro, metro, preocupado por el reproche de mi jefa, por la frustración que cargaré todo el día hasta que te veo, tan auténtica, como si estuviese sacada de otra historia, o como si sus rasgos se hubiesen quedado plasmados en el tiempo intactos a su paso, como un aviso , como advertencia de lo que quizá se iba a vivir en unos siglos más. Las escaleras eléctricas en reparación me invitan a saltar pendiente abajo, por entre matorrales y árboles inmensos, esperando el momento del disparo. Un atajo, un salto mal calculado y la pierna que me hace caer directamente frente al enemigo, quién me toma del pelo y por poco me lo saca, pero yo, dejando a un lado el dolor, solo deseo volver a ver la imagen de aquella mujer, aunque sea en muchos años más, que cada vez que se me aparece provoca un vuelco en mi, tan irrefrenable, que mañana si me decidiré a entrar en su vagón, buscarla con la mirada y, por fin, sonreírle de vuelta.

Anónimo IV

La nostalgia es una trampa. Iba caminando por Pajaritos cuando veo esa advertencia: La nostalgia es una trampa. Nada de “hombres trabajando” o de “Calle cerrada”. No. Solo aquel letrero naranjo con letras negras que se posaba frente a mi advirtiéndome sobre algo que intuía pero que nunca me había cuestionado. Seguí avanzando haciendo como si nada aconteciera, pero con la sensación de que iba a conocer pronto la real dimensión, el real peligro que esa advertencia tenía para mi.

¿Se han preguntado de dónde viene la nostalgia?

Dos cuadras más adelante la encuentro. Turbada con el sol en frente no fue capaz de verme, pero yo la veía perfectamente, desamparada entre sus ropajes, perdida entre las nubes y el asfalto. La vi caminar de pasos cortos y lentos, como cuidando donde posaba cada uno de sus dedos, queriendo encajar de la mejor manera en cada recoveco de los pastelones de las veredas citadinas, para luego, y siempre de a cinco, dar zancadas veloces casi imitando el andar de Jack Nicholson en “Mejor, imposible”, saltando cada grieta  y cada separación, para luego volver a la lentitud con la que me la encontré inicialmente. No hacía esfuerzos para observar, solo no chocaba, solo su movimiento calzaba con el pasar del resto que caminaban por las orillas de la avenida.

Y aún pensaba en qué quería decirme esa advertencia.

Fui al encuentro de ella, entre curioso y temeroso de lo que pudiera encontrar. Si bien podía ver su andar, su rostro no lograba desvelarlo entre sus giros, entre sus cautelas. A pasos de alcanzar a ver su perfil me detuve para pensar qué le iba a decir, cómo le iba a pedir que detuviera su danza para que se sentara a charlar un momento conmigo, quién era. Pensé unos segundos, suficientes para que cruzara la calle y la pared de caucho rodante y latas multicolores se convirtieran en barrera. Pensé en huir, o en largarme a correr por entre los autos, pero te vi cruzar al otro lado, y me vi perdido entre tu recuerdo incompleto y la necesidad de preguntarte los que me anuda los pensamientos.

Y fue entonces que, sin saberlo, la nostalgia empezó a tomar forma en mi cabeza, poniéndole cada día un rostro distinto a la danza corpórea de tu silueta; si llovía eras morena, si solo estaba nublado el rosado marcaba tu andar, con sol había maquillaje por toda tu testa y el viento me hacía recordar un dorado ingenuo que nunca logré vislumbrar. Comencé, a la vez, a caminar cada vez tramos más largos imitando tu cadencia compulsiva al mezclar pasos cortos y largos, largos y más largos y cortos otra vez. Pasaba todos los días, con o sin razón, por aquella esquina.

Nunca más vi aquella advertencia. Nunca más te vi. Pero te veo todos los días, y con cada jornada estoy más seguro de que es verdad: la nostalgia es una trampa.

Anónimo III

23.47 y las volutas de los humeantes vecinos se mezclan en tu pelo castaño, que pende de tu cabeza en forma de flor, o quizá es la luz verdeazulada que golpea nuestros contornos la que confunde las líneas de tu cabello. Te acercaste a mi hace unos segundos, y entre risas paseo mi silencio por entre tus ojos que observan la oscuridad de un vaso vacío, o tal vez la vastedad de las risas de la mesa de al lado. Mi mano derecha apretaba fuertemente tus temblorosos dedos, mientras la izquierda perdía la compostura al rozar de forma cada vez menos casual tu piel expectante, pero demoro el contacto solo por el placer de hacerte perder la cabeza y la compostura, de hacer desaparecer de a poco los límites que entre tu orilla y la mía existían. El meñique se detiene en el aire, hace una mueca y convence al anular que se mantengan extasiados de la distancia, mientras el índice se acerca dubitativamente sin darse cuenta que en su indecisión permite que el medio roce como sin querer tu hombro, una vez, una eternidad, un segundo que provoca un vendaval de indoloros cataclismos que remecen mi interior, obligándome a suspirar, aunque sin sospechar que se mezclaría, por entre el humo y entre las risas, con tu propia respiración agitada. Te observo por entre los segundos y te envuelvo con pentagramas disarmónicos, tocando blancas y corcheas con mi mano ya llena de tu piel, imaginando acordes entre tus ojos cerrados, tañendo cada suspiro que exhalas y trastocando cada vibración de tus labios entreabiertos, y en ese instante me fluyo y me olvido en los giros de tus manos, abrazo tu cuerpo con lo que queda de mi valor y te gano la partida, entrometiéndome en tu esquema y rozando con mis labios, por fin, la vastedad de tu ser.

Anónimo II

Quieres moverte, pero la curiosidad no te deja tranquilo. Escuchaste la sirena y partiste, sin decirle a nadie, a ver que sucedía. Le preguntaste si quería ir pero no esperaste respuesta, no esperaste un segundo, ni siquiera viste si te seguía o no, solo avanzaste hacia las sirenas ¿de Carabineros? ¿una ambulancia? ¿o serían los bomberos? Aún no has aprendido a diferenciar los cambios de ritmo, de nota y de velocidad de cada una, pero sabes que es una tarea pendiente de esas que es bueno postergar. Cruzaste Salvador con rojo, dos autos bruscamente detuvieron su andar para no matarte, y tú solo sonreíste y subiste tus hombros como si fuera suficiente. Seguía atrás tuyo, aún sabiendo que nunca ibas a mirar hacia atrás, te seguía las pisadas, las irresponsabilidades, las travesuras desde siempre, desde cuando no tenías memoria. Le quitaban juntos los chupetes a tus compañeros en el jardín, y ahora lo seguían haciendo con las novias de quien se cruzara en la fiesta, los dos a la par, o casi, ya que siempre ibas dos pasos adelante. Ahora eran alrededor de diez (los alcanzó a contar llegando a las torres de Tajamar). El humo se alzaba parco y silencioso, como disfrutando su visión privilegiada, su mirada de testigo principal. Protagonista mudo, eso era. Tú siempre viviste gritando, pataleando, alardeando, a diferencia de la introversión de quien te sigue los pasos. No sabría responderte qué es mejor. Pero ya te acercas, miras a tu alrededor y recién en este punto te percatas de todo, del accidente, de que si te vienen acompañando, de que la gente casi no se sorprende de un camión ahumado pero si de lo lamentable que es perder un plasma de 42 pulgadas en un suceso de este tipo. Se sientan juntos en el pasto, viendo las última volutas de humo escapar del escarnio acuoso del que fueron víctimas, viendo el tinte gótico de aquel camión que le da un aire de nostalgia, de recuerdo, como si el paso del tiempo lo hubiese dejado en ese estado en plena Avenida Providencia y no una falla mecánica de hace 15 minutos. A veces el tiempo es el culpable, pero muchas más son tus fallas, tu distancia, tu querer mostrarte siempre más grande, tus deseos de ser siempre el primero sin saber qué. Ya lo sabía. Un camión incendiándose, ya lo sabía, pero no quiso bajar hasta que tú salieras. No puedo imaginar si tu harías lo mismo. Creo que no.

La necesidad de estar solo

No es que quiera sonar depresivo. Todo lo contrario… Es un deseo ineludible de reencontrarse con un día de invierno que cale ideas, enfríe miradas y hasta moje un poco el seco corazón. No es que quiera sonar depresivo, pero desprovisto de conversaciones y miradas es más fácil andar, rodar y caer, y un poco más difícil levantarse, pero jamás imposible.

La idea es empezar a silenciarse y hacerse imperceptible, que los amplificadores de nuestro cerebro bajen su volumen al mínimo para que poder pasar desapercibidos, y empezar a andar así, pensar así, sentarse en un parque, oler el pasto recién cortado, la tierra mojada después de un día de lluvia, escuchar tus canciones favoritas o descubrir otras

y cantar

y bailar

y reír de la nada con un recuerdo

y abalanzarse a la soledad como una buena compañera, quitarle el manto de prejuicios que la cubre, tomar su mano y recorrerse en penumbras, encontrar lo escondido en cada recodo del alma, esas fantasías, recuerdos, culpas que no solemos ver por el solo hecho de estar preocupados de un resto que exige atención, e incluso dejar fluir la creatividad y lanzarse a crear cuentosnovelashistoriaspoemasmundosamoresdesamoresfantasíaspersonajes armoníascancionescadenciasritmos de forma espasmódica o pausada.

La necesidad de estar solo es eso, una petición desesperada del alma para descansar, o no.

Pez

Contemplándome a baja mar

con la luna a tus pies

iluminando las olas

a solas regreso

atrapando las horas

de ayer…

Y de un sorbo de salobre aire

viajo a cualquier parte

mientras te soñé

atravesando dolientes

espacios ardientes

quemándose bajo tu piel

Tratar de equilibrar mi necesidad

de saltar de un peñasco y no regresar

con las ganas de nadar en círculos

como esperando algún día volar

me hace cantar

da da da

Excusas van evaporándose

pisando la arena que va agrietándose

al levantarme y ver

que grito con toda mi alma

dejen que la tierra respire con calma

su pálido amanecer

tratar de equilibrar lo que me das

con las ganas que tengo permanentemente

de entrar en tu verde mar

queriendo ahogarme en tu claridad

me hace cantar

da da da

Cortar y quemar

Cortar y quemar

 

Sentí que no encontraba la densidad

que acertara con la cantidad de piel y de sal

pa mezclar mi libertad

con tus ansias de volar en círculos

navegando por entre nubes,

saludando a los que nos quieran mirar

en círculos trazo estrategemas azules

calculando fórmulas para poder concentrar

 

Tengo mis pies sentados por sobre el mar

y es así, tiempo al miedo, tiempo de preparar, de buscar, de cortar y quemar

Tomo cinco pedazos de mi soledad

sueños entre laureles y una pizca de insanidad

me la bebo y empiezo a girar

en círculos

voy cayendo, reboto y siento

tus suspiros que hacen que vuelva a volar en círculos

y la música llena vacíos

y yo giro dejando que sol me aliente la voz

 

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