Anónimo IV

La nostalgia es una trampa. Iba caminando por Pajaritos cuando veo esa advertencia: La nostalgia es una trampa. Nada de “hombres trabajando” o de “Calle cerrada”. No. Solo aquel letrero naranjo con letras negras que se posaba frente a mi advirtiéndome sobre algo que intuía pero que nunca me había cuestionado. Seguí avanzando haciendo como si nada aconteciera, pero con la sensación de que iba a conocer pronto la real dimensión, el real peligro que esa advertencia tenía para mi.

¿Se han preguntado de dónde viene la nostalgia?

Dos cuadras más adelante la encuentro. Turbada con el sol en frente no fue capaz de verme, pero yo la veía perfectamente, desamparada entre sus ropajes, perdida entre las nubes y el asfalto. La vi caminar de pasos cortos y lentos, como cuidando donde posaba cada uno de sus dedos, queriendo encajar de la mejor manera en cada recoveco de los pastelones de las veredas citadinas, para luego, y siempre de a cinco, dar zancadas veloces casi imitando el andar de Jack Nicholson en “Mejor, imposible”, saltando cada grieta  y cada separación, para luego volver a la lentitud con la que me la encontré inicialmente. No hacía esfuerzos para observar, solo no chocaba, solo su movimiento calzaba con el pasar del resto que caminaban por las orillas de la avenida.

Y aún pensaba en qué quería decirme esa advertencia.

Fui al encuentro de ella, entre curioso y temeroso de lo que pudiera encontrar. Si bien podía ver su andar, su rostro no lograba desvelarlo entre sus giros, entre sus cautelas. A pasos de alcanzar a ver su perfil me detuve para pensar qué le iba a decir, cómo le iba a pedir que detuviera su danza para que se sentara a charlar un momento conmigo, quién era. Pensé unos segundos, suficientes para que cruzara la calle y la pared de caucho rodante y latas multicolores se convirtieran en barrera. Pensé en huir, o en largarme a correr por entre los autos, pero te vi cruzar al otro lado, y me vi perdido entre tu recuerdo incompleto y la necesidad de preguntarte los que me anuda los pensamientos.

Y fue entonces que, sin saberlo, la nostalgia empezó a tomar forma en mi cabeza, poniéndole cada día un rostro distinto a la danza corpórea de tu silueta; si llovía eras morena, si solo estaba nublado el rosado marcaba tu andar, con sol había maquillaje por toda tu testa y el viento me hacía recordar un dorado ingenuo que nunca logré vislumbrar. Comencé, a la vez, a caminar cada vez tramos más largos imitando tu cadencia compulsiva al mezclar pasos cortos y largos, largos y más largos y cortos otra vez. Pasaba todos los días, con o sin razón, por aquella esquina.

Nunca más vi aquella advertencia. Nunca más te vi. Pero te veo todos los días, y con cada jornada estoy más seguro de que es verdad: la nostalgia es una trampa.

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